Una discusión de educación

¿Qué educación es mejor para los jóvenes, una en la que enfrenten el peligro, u otra en la que investiguen el peligro? ¿Los jóvenes necesitan vida activa y responsabilidades, necesitan probar los sabores de la vida? O, ¿necesitan más, necesitan mejor historia, relatos ejemplares, discusiones de ejemplos, empaparse de noticias y observaciones sobre las vidas ejemplares? ¿Necesitan conocer el peligro, o enfrentar el peligro?

Los jóvenes necesitan experiencia antes que historia porque sólo viviendo se aprende a vivir, porque solo con cicatrices y el sabor de las penas y de los triunfos se conoce lo que se puede hacer, lo que se es capaz de emprender, y se decide con inteligencia qué hay que hacer. Más aún: el placer y el dolor de la acción son la fuente de la sabiduría. Las empresas de la vida necesitan fuerza y confianza en uno mismo. Sin confianza es imposible servir y es imposible servirse. Por eso debemos disponer que cada día los más jóvenes hagan un trabajo, un esfuerzo, una tarea con la que fortalezcan sus capacidades. Ese trabajo tendrá valor sí están enfrentando algo que importe: algo con significado.

Los jóvenes necesitan conocimiento e historia porque la imaginación dirige la vida. Porque las imágenes y las emociones son las causas que ponen a las personas en vías de querer ser mejor. La imaginación es la fuente de la ambición. Para vivir bien hay que tener una ilusión proyectada. Sin ilusiones, sin sueños, no es posible desear ser mejores. Durante la Guerra Fría las imágenes de desastres nucleares llenaron la mente. Las imágenes de complots y de espías inundaron las pantallas y se convirtieron en la casa que habitaban las personas. Nunca hubo un holocausto nuclear justamente a causa de, justamente gracias a ésta imaginación. La imaginación apocalíptica previno el apocalipsis. Así de fuerte es la imaginación. La imaginación se nutre del pasado. La madre de las musas es, la Memoria.

Como los jóvenes necesitan experiencia hay que meterlos en proyectos. Su tiempo en las escuelas así como su tiempo con adultos debería ser uno en el que estuvieran involucrados directa y responsablemente en tareas y metas puntuales. Deben ver y saborear los frutos de su trabajo. Cuando tengan en las manos los frutos de sus acciones y decisiones conocerán en verdad, de verdad, qué es lo que se debe hacer para vivir bien. La acción los entrena en el trabajo, pero sobre todo, los hace paladear los sabores dulces y amargos, de la acción. La acción es lo que nos hace saber el valor de la vida.

Los jóvenes deben tener un panorama rico y complejo de los orígenes y causas del mundo en el que viven, y un panorama igualmente rico de sus orígenes familiares, nacionales, locales. Esto no puede hacerse más que con un esfuerzo de la imaginación. Deben conocer las causas del estado de la vida actual de sus comunidades, porque así conocerán con claridad qué se ha buscado, que se ha alcanzado, y por lo tanto qué hace falta por construir. Sólo así serán miembros valiosos para sus comunidades, y hombres y mujeres felices y satisfechos por haber contribuido con sus comunidades, por poder contribuir en los trabajos que son los realmente importantes para la comunidad.

Tener responsabilidades aquí y ahora, estar involucrados en la solución de problemas presentes, tener dragones y ayudar a enfrentarlos, hace a los jóvenes miembros útiles para sus comunidades. No sólo tendrán un salario y estarán contribuyendo materialmente al bienestar de sus comunidades. Sobre todo saborearán los honores, reconocimientos, amores y envidias que padece el hombre y la mujer de éxito. Esto los hará conocer y reconocerse en sus semejantes. Esto los hará conocer mejor lo que significa ser una mujer y lo que es ser un hombre. La vida del trabajo nos hace ser conscientes de lo que significa ser una persona, ser un ciudadano, ser un hombre o ser una mujer. Vale mucho que la vida activa les haga contribuir con la comunidad, pero vale más que esa vida los hace llegar a saber lo que significa ser humano.

Si los jóvenes no saben qué problemas han enfrentado sus comunidades, sus familias, el mundo que habitan, no pueden saber qué es necesario resolver. Lo urgente no nos deja ver lo importante. Cada día trae sus penas, cada día trae sus urgencias que nos absorben toda la jornada. Sólo tenemos el tiempo de este día, por eso debemos comprometernos con los problemas importantes. Ni tenemos todo lo que necesitamos, ni podemos todo lo que deseamos, por eso, hay que enfocarnos, hay que saber qué es de verdad importante, y enfrentarlo. La historia enseña eso: el valor de las acciones humanas.

La vida tanto de las comunidades como de las personas está llena de accidentes. Accidentes, que por pequeños, por ridículos que sean, a veces determinan grandes cosas. Las grandes cosas no siempre son provocadas por grandes causas, y las cosas ridículas y vulgares a veces gestan cambios y movimientos que mueven al mundo. Eso es más usual hoy, en la edad de la democracia. En esta edad superabundante en recursos, en gente, en voces, no se puede ver qué provocará algo grande e importante. A menos, a menos que estés involucrado en las tareas actuáles del mundo. Es necesario que los jóvenes se involucren en el ruido y en el sólo aparente caos del mundo para que se anticipen. La vida de la acción los colocará en una especie de aeroplano desde el que podrán, como vigías sobre aguas desconocidas, divisar las tierras nuevas. Porque aquí y ahora sólo hay eso: tierras desconocidas. Sólo hay actores nuevos, emergencias que debemos anticipar, escenarios imprevistos.

Muchos pueblos antiguos creían que la vida humana es parte de ciclos, ciclos que son el cosmos. En la mitad del siglo XX Arnold Toynbe, importante historiador, alegaba que las civilizaciones humanas se ordenan en distintas etapas que él había reconocido en todas las civilizaciones. Sabemos que de la misma manera como Roma decayó y cayó, civilizaciones que sólo aparentemente no tienen precedentes en la Historia, como los Estados Unidos enfrentan signos de crisis. Signos, que atraen como la miel a demagogos que aspiran a convertirse en sus jefes. Esto pasa siempre. Esto pasará siempre. Hay que reconocerlo, y por eso hay que hacérselo saber a los más jóvenes. Sin duda cada vida es nueva y fresca como una hoja joven y fresca, pero el árbol y el cielo y la tierra y las semillas son las mismas.

Hay razones para que los jóvenes sean educados enfrentando peligros. Hay razones por las que los jóvenes deberían ser educados en su imaginación y patrimonios. ¿Cómo deben ser educados?

La pregunta es causada por una penumbra. No sabemos si la vida humana se repite, si es cíclica; o si es siempre nueva, si siempre es extraña. Hay señales y signos de que la vida humana es cíclica, pero también hay indicios y señales de que cada generación vive una vida inédita. No sabemos si los jóvenes son como nosotros, o son extraños y diferentes a nosotros. No sabemos qué semilla son. Y la solución no está en entrevistarlos o encuestarlos: ellos tampoco saben qué son.

Hay cosas que sabemos. Los elementos económicos y ecológicos del mundo nos son mejor conocidos. Estamos muy lejos de acabar de entenderlos, pero es verdad que los vamos conociendo mejor. Esta ciencia es un patrimonio que hay que seguir cultivando para todos.

La solución no es dejar que los jóvenes simplemente crezcan y empiecen a actuar. Los seres humanos no somos reptiles. No nacemos de un huevo. Los jóvenes son prójimo. Poseen credenciales de comunidad. Son miembros. Sujetos de ellas, y con derechos en ellas. Su membresia, su derecho de pertenencia es verdadero y positivo pues ellos desean participar, colaborar en la vida de la comunidad. Interrogan a los adultos sobre qué hacer, sobre cómo vivir. Esta demanda, este interrogatorio sobre cómo es y cómo se llega a la vida buena, a la vida mejor, es lo que, más allá de toda duda, debemos cultivar.

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