Mover la guerra

Para muchas personas la acción y la reflexión les parecen opuestas. Esto es un gravísimo error. Se convierte en la causa por la que millones prefieren un régimen político dictatorial y desprecian la democracia.

Caen en ese error porque creen que las semanas en que se discuten los asuntos son una pérdida de tiempo. El miedo los domina y quieren actuar sin esperar ni un minuto. Los cobardes exigen audacia. Los regímenes dictatoriales son votados por los cobardes y miedosos. Esa relación se nos hace aún más clara cuando ponemos el ojo sobre cómo son los dirigentes dictatoriales. Son como lo desean los cobardes: hombres que actúan sin pensar, sin dudar. Que no planean, que sólo actúan. Que se arrojan a la acción. Justo lo que no hace el cobarde. Por eso mueren millones obedeciendo esas ordenes. Y como las muertes siempre se pueden atribuir a la mala suerte, los que son responsables de las malas estrategias y los malos planes, se lavan las manos frente a las viudas y los huérfanos.

Imagine el lector esa escena. El líder que ha ordenado una batalla sin pensar mucho, sin leer los informes sobre el enemigo, o que ni siquiera tiene información sobre el enemigo, pero que actúa a la velocidad que exige la cobardía, ofrece condolencias a los huérfanos que dejaron los muertos. Les dice lo valiente que fueron sus padres y que es una lástima la mala suerte que tuvieron. La muerte de sus padres no es responsabilidad del líder. Cuidar la vida de esas personas no es responsabilidad del líder. Eso, dice, eso es cosa de cada uno. A él no le pueden pedir eso. El es un hombre de acción. Un hombre que actúa, que lanza los dados. El resultado de eso no es su responsabilidad. El sólo actúa. Ojalá los muertos, les dice, hubieran usado un amuleto para atraer a la buena suerte y alejar a la mala. Y por eso, el líder saca una caja de amuletos que va repartiendo entre los niños huérfanos y las niñas huérfanas. Y se los regala, para que sepan cuanto los quiere su líder.

Los que apoyan a los regímenes dictatoriales creen que nada se gana discutiendo.

Pero esa creencia la tienen a causa del tipo de personas que han visto discutir.

Los líderes y mandos japoneses en la SGM no sabían discutir. Sus discusiones fueron dirigidas siempre para ganar poder sobre el otro que tenían enfrente. No cooperaban. No discutían para cooperar. Discutían para imponerse. Querían mandar. Las dos ramas de las fuerzas japonesas, el Ejército y la Marina, no se organizaron en una estrategia común. Cada uno quería mandar sobre el otro. Ese era el sentido de sus discusiones. Escucharlos era absurdo.

Esta conducta fue la causa de la derrota japonesa. Los japoneses tenían los mejores aviones. Eran maestros en el manejo de los portaaviones. Gozaban de una ventaja abrumadora en barcos, aviones, hombres. Y con todo eso, perdieron. Y perdieron en seis meses. Seis meses después de atacar Pearl Harbor y humillar a los EU, fueron derrotados por esos mismos norteamericanos en una batalla de la que no se pudieron levantar. Solo seis meses.

La moral japonesa era lo peor que le pudo pasar a los japoneses.

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