MAQUIAVELO Y EL ÉXITO LITERARIO

Alberto Benitez
5 min readJul 13, 2023

No se puede asegurar que Maquiavelo buscara el éxito a escribir su El Príncipe.

No era un autor primerizo al dar a conocer esa obra. Ya tenía una larga experiencia escribiendo y publicando. Pero sobre todo tenía una vasta experiencia en el mundo de las embajadas, de los palacios, de los despachos y oficinas y de las casas y jardines donde reyes y papas y príncipes y condes tomaban las decisiones. El trabajo que se buscó y obtuvo fue ese: crear y dar forma a las políticas y a las acciones de gobierno en beneficio de su ciudad, Florencia.

Sobre lo que significa ser ciudadano, Pericles dijo en su Oración Fúnebre que aunque no todos podemos dar origen a una política, todos debemos ser capaces de juzgarla. Aunque no todos podemos planificar una guerra o dar buenas razones para hacerla, todos debemos ser capaces de juzgar si la república debe declararla o no. Maquiavelo era la clase de persona que sí podía crear y armar una política.

El trabajo de Maquiavelo era el de cómo debía conducirse el gobierno y el gobernante de Florencia frente a los otros países vecinos que competían por el poder en Europa. Qué hacer si Francia ganaba una alianza con Inglaterra. Cómo ganar alianzas con el Papa en Roma, con el reino de la isla de Sicilia, con el rey de Castilla, con las ciudades italianas como Venecia o Rávena. Qué hacer para que el rey Fernando de Aragón no temiera sino hasta que viera con buenos ojos que Florencia atacara los dominios del Papa en Italia.

Algunos lectores recordarán claramente a Henry Kissinger, diplomático norteamericano durante los gobiernos Richard Nixon y Gerald Ford. Fue él quien proponía ideas y opinaba a favor o en contra de cómo terminar la guerra de Vietnam. Él negoció el acercamiento de los EU con la República Popular de China. Ayudó a Israel y Egipto a negociar la paz en la guerra de Yom Kipur. Favoreció las relaciones diplomáticas amistosas con las dictaduras militares de derecha en América del Sur, y está acusado de planificar el asesinato de una gran cantidad de militantes de izquierda en Chile, Argentina y Uruguay.

Maquiavelo tenía el trabajo de Kissinger en el siglo XVI. Con acceso a los recursos y la información que ese tipo trabajos necesitan. Rodeado de la admiración y la envidia que ese tipo de cargo despiertan.

Si Maquiavelo hubiera vivido en el siglo XX o en el XXI, sin duda hubiera sido muchísimo más conocido y hasta popular. Estaría obligado a aparecer en la prensa constantemente. Decenas de periodistas de todo el mundo lo buscarían para pedirle su opinión o sonsacarle información. No hubiera tenido ningún problema para publicar sus libros, al contrario. Muchas editoriales le hubieran ofrecido buenos contratos para publicarlo.

Kissinger se ganó el premio Nobel de la Paz. Maquiavelo sin duda se lo habría ganado, y también con seguridad el Nobel de Literatura.

Pero Maquivelo nació en un mundo sin prensa y sin redes sociales.

Nació en un mundo en donde el acceso a los canales y los recursos para darse a conocer como autor eran mucho muy cerrados.

El público lector era predominantemente eclesiástico y aristocrático, aunque ya existía un número de lectores que no formaban parte ni de la Iglesia ni de la nobleza. Se contaba por miles, y por decenas de miles en toda Europa. Darse a conocer y llegar a ser apreciado entre el público aristocrático y eclesiástico era un juego de relaciones personales. El éxito editorial en aquellas circunstancias significaba ser patrocinado por una figura de la nobleza o de la Iglesia, entre más importante fuera aquella figura, el éxito era más grande. Nada tenía que ver con cuántos libros habías vendido. El éxito era quién, quiénes te estaban leyendo.

Como el público lector importante era ese, el aristocrático y eclesiástico, los libros eran mucho más transparentes. Los autores no podían disfrazar o maquillar sus intenciones. Si escribías un libro de teología, por oscuro que fuera el tema sabías que tus lectores iban a ser otros especialistas al menos tan instruidos como tú. Que criticarían tu libro muchas veces con envidia. Muchas veces interesados y positivamente intrigados por tus ideas, que debían ser de verdad sólidas y originales para impresionar a ese público. Que recibirían tu libro haciéndose una pregunta clara: ¿para qué escribió él este libro? Y tus ideas iban a ser contrastadas casi automáticamente con los dogmas y la moral convencional y con los prejuicios y deseos de esos lectores. No era fácil maquillar un insulto. Era muy fácil pisar callos. Y si tus ideas eran de verdad nuevas y diferentes de la normales, tenías que trabajar vigorosamente para que no fueran descalificadas nada más porque no eran las ideas normales y convencionales.

El mundo en el que escribió Maquiavelo era un mundo en el que las relaciones entre autores y lectores eran mucho más estrechas, mucho más emocionales y de muchas maneras mucho más importantes de lo que lo son ahora.

No podías hacerte publicidad.

Si dabas algo como una entrevista, el público que te escuchaba eran personas que te conocían bien, o que fácilmente podrían investigarte y conocer a tu familia, tus amigos, la historia de tus ideas. Que podían saber rápidamente a quién le caías bien y por qué. A quién le caías mal y por qué. Un mundo en el que las causas para caerle mal o bien a alguien no se debían a tu manera de vestir o a tu peinado o al sonido de tu risa. Le caías bien o mal a alguien por razones de vida o muerte.

Maquiavelo le dedicó el Príncipe a Lorenzo de Medici. Que no es Lorenzo el Magnífico, sino su nieto. Lo que no era nada extraño para esa época.

Para saber si Maquiavelo perseguía el éxito con su El Príncipe no hay que ver la dedicatoria.

Hay que entender qué quería enseñar y a quiénes.

Hay que entender los prejuicios de aquellos a los que envió el libro y cómo Maquiavelo escribió para superar esos prejuicios, persuadirlos y reflexionar en cómo recibirían ellos las ideas nuevas sobre el tema que más les importaba: cómo gobernar.

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