Comida

El abuelo está loco. Empeoró desde que murió la abuela. Apenas dos días después de que ella murió empezó a planear el viaje.

No lloró. No hubo funeral. No hay funerales para los muertos de Covid 19. La tarde en que transmitieron el servicio por Facebook Live, como todas las funerarias hicieron entonces, el abuelo se metió todo el día a su habitación. Investigó horas y horas mapas de todo el país, leyó su diario de Chernobyl, se conectó con sus amigos secretos. No salió para nada. Mamá y yo saludamos desde su celular a los tíos que se arriesgaron a despedir a su madre. Al abuelo le prohibieron asistir. Nunca se despidió de su esposa.

Salió sin hacer ruido. No habló ni con su hija y ni conmigo. Ni siquiera nos miró. Como llevaba encerrado tres días, pensamos que seguía ahí adentro. Por eso mi madre se cortó la mano cuando detrás de ella el abuelo rugió regañando por la comida. La portezuela verde pálido, donde colgaba mis dibujos y notas escolares se destrozó de tan fuerte que la azotó al salir de la cocina. Nos regañó por estar comiendo. Quería que sólo se cocinara lo que el trajera. De un día para otro ya no pudimos comprar nada. Mamá estaba tan asustada que la cortada que se hizo no le dolió. Dejó un hilillo de sangre sobre el piso de la cocina hasta el baño, donde se encerró en silencio.

Fui el único de la escuela, de mi calle… creo que de toda la ciudad que no se incomodó por usar mascarilla y cubre bocas. El abuelo siempre nos obliga a usarlos cuando enfermábamos. Desde los ocho años entendí que si estornudaba en la casa, debía usar cubrebocas por varios días. Cuando cumplí once años me enseñó a distinguir el aroma de venenos escondidos en sustancias comunes. Empezamos con las obvias: cloro, ácidos…. Pero únicamente cuando estábamos solos él y yo. Me decía que todo esto, que los mareos, el vómito, las jaquecas no eran nada. Que no le dijera a mamá porque no entendería. Que esto me ayudaría un día a sobrevivir. Tuvo razón. Todas las quemaduras en los brazos y todo el vómito que hizo que me doliera siempre la garganta, todo eso me salvó. Madre nunca se dio cuenta del veneno, de los venenos en la nueva comida. Hoy, ahora, ya sé lo que era esa canica tan pesada que me hizo tener en mi cama, nunca en la cabecera sino en los pies. Me asustó que fuera tan pesada y tan pequeña. Siempre estaba caliente. La guardaba en una caja que luego metía en otra caja. Nunca me dijo que fuera un amuleto o algo así. ¿El abuelo llegó a creer que era inmune, que ya era inmune? ¿Pensó que no era tan malo vivir así, enfermo, pero, vivo? No sé. No sé si quiero saber.

Una semana después de que murió la abuela, cuando él ya había salido y ahora iba de arriba para abajo, y entraba y salía y subía al auto, la comida desapareció. Toda. El abuelo regresó con latas sin marca ni etiqueta. Sin indicaciones. No siquiera estaban cubiertas con papel. Ocho latas de sopa iguales. Abrió tres con su cuchillo.

- ¡Anda, ni siquiera hay que calentarla! ¡Come mujer!

Ácido. Sabían a jugo de limón pasado. Salado. Daba sed. La carne, en trozos muy pequeños, era dura, como mal cocida.

- ¡Acostúmbrense! Eso es todo lo que debemos comer. ¿No enfermaremos, eh, muchacho? No más medicina ni cubrebocas no vacunas ni píldoras… Con esto, adiós enfermedad.

- Pero, son muy pocas latas abuelo.

- Son para dos días. Nos vamos. Nos vamos de este lugar y de esta peste. ¡Come!

Playa La Gringa. En Baja California, en México. En Internet había bonitas fotos del lugar. Todos los comentarios repetían lo alejado y solitario que era. Si quieres desconectarte del mundo, si te quieres perder, si quieres alejarte del ruido, si quieres quedarte sólo… Una playa larga, larga y color azul. Cuando quemas una bolsa de plástico primero brilla rojo y naranja, luego se pone azul y negra. La playa parecía un enorme trozo de plástico incendiado. El agua debía estar muy fría si tenía ese color. Ni una sola persona o animal. En ninguna foto. Si solo llegaba gente a quedarse sola, ¿quién vivía ahí?

- ¿Y mi libreta mamá?

- …

- ¡Mamá! ¿Pusiste mi libreta con mi ropa?

- ¿Eh? Ah, no, no sé. No hables Joseph, no hables. No me siento bien.

- ¡Guarda silencio niño! Duerme o haz algo para no molestar. ¡Toda la maldita vida pidiendo cosas! ¡Les estoy salvando la maldita vida ahora y no dejan de quejarse! ¡Pero tengo que cargar con mi maldita familia!

- Papá, por favor…

- ¡Duerme ya y no molestes! Así te…

Dejo de gritar como si le hubieran tapado la boca. No volvió a hablar hasta que llegamos al pueblo.

No dije nada más. Yo me encargue de todas las latas en el auto. Sabía que mi cuaderno no estaba con ellas. El abuelo cargo nuestras tres maletas y el dinero. Si madre no tenía mi cuaderno entonces no estaba el auto. Entonces yo había perdido mi cuaderno, con todas mis historias y dibujos y recetas… En cambio, yo no olvidé. No empaque sólo las latas que trajo el abuelo. Eso me ayudó. Hacerme cargo de las latas y la gasolina fue mi plan por si algo pasaba.

Mi plan. Tenía un plan. Igual que el abuelo. Pensé que era como él. Soy como el abuelo. ¿Cómo más podría ser?

Nos fuimos. El abuelo estaba seguro que las infecciones volverían, así que tomó todo su dinero, y nos arrastró a mí madre y a mí con él. Íbamos a algún lugar al sur. Muy, muy lejos en el sur.

No sé cuántos países conocía el abuelo. Hablaba de Europa y de Sudamérica como si estuvieran a la vuelta de la esquina. Su habitación estaba llena de fotos en lugares del extranjero. Cuando en la tele aparecían tomas de ciudades extranjeras se quejaba de cómo habían cambiado. La abuela hacía la broma de no reconocerlo cuando tardaba mucho en la calle. ¿Quién eres extraño?, y no lo dejaba pasar a la sala. Sé que mi madre no lo conoció hasta los catorce años.

- Teníamos un plan para todo, chico. Cada gesto y cada paso que das es peligroso cuando paseas dentro de una explosión atómica.

- ¿Un plan abuelo?

- No lo dudes niño. Debes tener un plan, un método, una receta para no morir envenenado por la radioactividad. No huele. No se ve. Cuando la sientes, como una fiebre y una asfixia, ya es tarde. Los pobres ruskis sólo se quedaban quietos y caían como piedras. Ninguno se volvía a levantar.

- ¿No te dio miedo abuelo?

- Entrar al reactor, ver todo el edificio destruido… todo eso te da miedo. Los pobres ruskis, pobres diablos, entraban con sus ridículos trajes. ¡Que no servían para nada! Sin plan, sin estrategia… solo corrían para echar tierra y plomo y concreto sobre el fuego radioactivo. Nosotros si teníamos protección. Mira: ¡nunca me paso nada!

- ¿Cómo sobreviviste abuelo?

- Je, je, je… ese es el secreto chico. Hay una comida… Pero un día te lo contaré.

- ¿Una comida? ¿Cuál abuelo? ¿Te la dieron en el ejército?

- Je, je, je… No, no. Es algo que sólo tú abuelo sabe. ¡Te lo diré un día! Se lo hubiera dicho a Iván, ay…

Me acarició la cabeza. Me sobran dedos para contar las ocasiones en que me acarició con cariño.

- El mundo es un lugar venenoso. Nunca se supo hasta donde viajó el veneno de Chernóbil. Yo te lo diré. Decían que sólo afecto a los suecos y noruegos, y un poco a los ingleses. ¡Ja! Y la gente estúpida se lo trago. El aire envenenado cubrió todo el mundo chico, todo el mundo… ¡Nadie habló de todos los países al sur, como si el viento no soplar a dónde quiere!

- ¿El aire, veneno en el aire?

- Pero no pongas esa cara. Yo sobreviví por la comida mágica… ¡No pongas esa cara! Ojalá les enseñarán algo útil en la escuela, pero, quizás es mejor así, quizás es mejor así… La comida estaba en esos países, al sur. No en todos. Je, je… Un día, quizás, te lo diré…

Viajamos como si estuviéramos escapando. Ninguna parada en el día. Evitando a la policía. Tomamos un avión y una camioneta. Tres horas en total. Es increíble cómo puedes desaparecer del mundo en tan poco tiempo. Como si murieras. Apenas un segundo, y zaz. Ya no estás más. Desapareces. Desaparecimos del mundo. Dejamos California y entramos a otro país. Supongo que él había escapado así siempre.

No llegamos a la Gringa. Sabía que estaba cerca. Llegamos a otro lugar. El abuelo nunca nos dijo a dónde. Ya no teníamos señal en los teléfonos. No sabíamos a dónde habíamos llegado. Sólo que estábamos en México, que no podíamos hablar con nadie (nunca aprendí nada de español, mamá tampoco), y que ahí estaríamos ya, por fin, a salvo. A salvo de cualquier infección o enfermedad.

No había ninguna construcción grande. Casas de un solo piso, de una sola puerta. Ninguna era más alta que las palmeras o árboles en la calle. El rancho apenas media ocho calles de ancho y tres de largo. Subí al techo de la nuestra amontonado neumáticos y cajas. Se podían ver autos y camionetas. Un tiradero de autos viejos en el extremo norte. Había Ford y Chevrolet muy viejos… ningún Mazda o Nissan ni de ninguna marca extranjera. Si un auto arrancaba en la noche todo mundo se enteraba. No había animales. Ni perros ni caballos ni vacas. Solo gente, autos, y arena y casas viejas.

Muchos de sus amigos rusos también habían muerto. Uno de ellos también murió por el Covid. Parecía que morían miles y miles, pero nadie se enteraba. Chernobyl, Chernobyl… maldecía y azotaba la puerta al encerrarse en su habitación durante la cuarentena. ¡Todo es como el maldito Chernobyl!

No sé si había hecho alguna otra misión en la central nuclear que explotó y que desde ese día hace treinta años y hasta hoy, envenena el suelo de aquel país. Después de Chernobyl ya no regresó al servicio.

Muchos cientos también habían trabajado allá, otra bajando en la tierra envenenada. El abuelo hablaba de cientos de muertos. Todos soldados o médicos. Alguna vez, pensé que después de todo no había nada especial en que sobrevivirá. Muchos lo hicieron. Los pilotos de los helicópteros que mandaron las imágenes del reactor gigante y roto, por ejemplo.

Lo que sí era extraño era lo saludable que fue mi abuelo. Ninguna secuela. Ningún malestar. La abuela repetía a quien quisiera escucharla lo saludable y fuerte que era su esposo. Lo hizo hasta el fin.

No sé si el abuelo era sano en realidad. Nunca lo vi tomar medicinas. Nunca fue al médico. Nunca pensé que fuera raro.

Había un letrero en español a la entrada del pueblo. No lo pude leer. Siempre había gente en la calle. No en grupos. Algunos de los pobladores solo se quedaban de pie frente a su casa, supongo que era su casa. En todas las semanas que estuvimos solo escuche la voz del flaco sin dientes con el que habló el abuelo. Toda era la misma gente, gorda, muy, muy alta. No había niños. Solo adultos. No eran viejos, pero de ninguna manera eran jóvenes. En la escuela nos habían pasado imágenes de gigantismo y otras deformaciones. Por mala alimentación, decían. Pero esta gente estaba gorda. Caminaba despacio por todas las calles. Arrastraban los pies. Muchos iban descalzos. Tenían pies enormes, deformes como si se los hubieran metido en lodo y caminarán con dos kilos de suciedad. Entraban y salían de sus casas. Iban al tiradero de autos o subían en uno, y se echaban a andar al interior del desierto.

Una chica (parecía una chica), me miró. Nunca me avergoncé por no saludarla ni por no devolverle la mirada. Sólo me dejé caer de espaldas cuando la muchacha uso su mano gigante sin dedos para quitarse unas greñas que le caían sobre unos ojos saltones de sapo.

Nunca vimos turistas. Los que llegaban a la playa de seguro se quedaban ahí. Cuando se les agotaba la comida entonces regresaban a sus hogares, en California o en las ciudades de Mexico. Subirían a sus autos con la mirada fija en su destino. El viaje a este lugar, a la playa era sólo de paso. Llegaban, y enseguida regresaban. De seguro nadie ni siquiera volteaba a mirar el camino, la desviación que los traería a este pueblo sin nombre. Escondido a plena vista. Escondido cómo la herramienta que no usas por años y qué no encuentras cuando la necesitas. Escondido por olvido.

¿Cómo entonces iba a escapar de aquí?

  • ¿Vas a cocinar mamá?

- ¡Si! Prepara la mesa cariño, te gustara.

- ¿Dónde conseguiste comida? ¿Qué es? ¿Qué es, eso, mamá?

- Oh, no te apures. ¡En este pueblo hay mucha comida! No creí lo que me decía tu abuelo, pero es cierto… ¡No necesitamos más las latas! Pon eso ahí. Uff, me canse… je, je… me cansé.

Mamá se dejó caer en el suelo de la cocina.

- Oye, aquí hay una silla…

- No, está bien… me siento tan… saca la comida del horno…

La cazuela no estaba en el horno. Había una sobre la parrilla. Olía, raro. Como el agua de la lavadora. Como, pasto mojado y… uff: orina. ¿Riñones? ¿Pero de donde había llegado esta carne? No había tiendas en el pueblo… Me di cuenta que no había visto un solo anuncio o cartel en todo el lugar. Ni a la entrada del pueblo, ni pegada en las casas. No había imágenes. Tampoco había visto ningún camión de ninguna de las marcas de comida o bebida que están por todo el mundo. ¿De dónde llegaba la comida?

Puse la cacerola en la mesa. Olía a, pasto… a humedad. No se veía como comida. Los trozos de eso no tenían huesos. Sin querer salpico la mesa al mover la olla. La carne era gris, pálida. El caldo o potaje se escurrió y un olor ácido le agarró la nariz. ¿Cloro? ¿Cloro en la comida?

- ¡Anda sírvete! Yo tengo hambre…

Madre ya estaba de pie. Sin dejar de hablar tomo cinco platos y empezó a servir. Salpico la mesa y el piso. El aroma a cloro se hizo más penetrante.

- ¿Dónde está el abuelo?

- ¡Qué importa! Hice de comer para ti ahora. ¡Come, come!

Madre cogió un plato y lo puso con fuerza en la mesa. Se quebró sin derramar el potaje. Ya no servía.

- ¡Anda!

Metió la cuchara al plato y empujó la comida en su boca. Mastico. ¿Tan dura era esa, esa carne? ¿O ella no podía masticar muy fuerte? Masticando volvió a quedarse callada. Mastico medio minuto, dos minutos… cinco. Trago. Respiró. Le había costado trabajo mascar y tragar esa carne.

- Ja, ja, ¡ja! ¡Esta buena, esta buena!

Se metió otro bocado. Mastico con esfuerzo. Dejé de mirarla. Pude salir de la cocina.

- ¿Una fiesta?

- ¡Anda, ponte cualquier cosa! Está gente no es nada formal. Es un pueblo miserable, je… Pero por eso estamos aquí. En este lugar insignificante no llegará el fin del mundo. ¡Solo ponte algo! ¿No me dijiste que estabas aburrido? ¡Pues ahora te han invitado, nos han invitado a una fiesta!

- ¿Pero qué celebran? Ni siquiera hay una iglesia aquí.

- ¿Quién iba a poner una iglesia aquí? Esto no es más que un rancho. Pero es el único lugar donde vamos a sobrevivir.

Madre se movió a su habitación. Ya se movía como la gente ahí: despacio, rígida. Sin cerrar la puerta se cambió la blusa.

- Voy a cambiarme. Olvidé mis camisas en el auto, ¿me das las llaves?

- ¡Toma, deprisa!

Tomé las llaves y no se las devolví.

No era una fiesta. No había nada más que ollas con comida. No había música. Y sólo seis o siete personas.

Nadie saludo. Todos comían. De pie unos, sentados otros.

- ¿Están enfermos?

- Ja, ja, ¡ja! ¡Qué dices!

- No se ven bien abuelo. ¿Qué es este lugar? ¿De dónde sale la comida?

Me cogió del brazo y me habló al oído.

- Chico, te lo voy a decir. ¿Sabes cuantos años tienen eh?

- No…

- Tienen la edad de tu abuelo. Todos. Todos…

Ya no mire su rostro cuando me lo dijo.

- Por eso estamos aquí chico… Aquí nunca habrá una peste, aquí nunca habrá fin del mundo.

Me empujó a la mesa.

Baje la vista y mire al suelo. Madre ya estaba de pie junto a la mesa, comiendo.

Yo había comida otra cosa. Pero, las latas que traje, y a las que les quité las etiquetas, se me habían acabado.

Un hombre enorme, de greñas largas y sin rasurar, me entregó un plato. Otros dos cuchichearon, señalándonos. El abuelo comió. Mastica a fuerte. No probaba la comida. Solo la ingería.

- Abuelo…

- …

- ¿Dónde está la radiación aquí?

- ¿Qué dijiste?

- La comida, la comida sólo hace efecto con radiación, ¿no? Por eso tu no enfermaste en Chernobyl…

No me respondió.

- Pero, ¿qué pasa si comes sin radioactividad?

No podía gritarme delante de todos. Se sentó.

- Chico, come. No te pasara nada. No nos pasará nada. Solo, no hay que salir de aquí. Aquí es seguro, aquí estamos a salvo, a salvo de todo.

- ¿Tienes la canica, abuelo?

Volvió a mirarme con furia.

- No. No. Ya no la necesitas. Ni yo. Chernobyl me dio todo el veneno que necesitaba.

Había terminado su plato.

- Sólo, no salgas de aquí, eh chico? No salgas de aquí.

Comi. Un bocado. Dos. Trague rápido. Puse el plato en mis piernas y me levanté. Sólo uno volteó al escuchar el ruido del plato al caer.

- Ahora regreso, dije.

Caminé al baño. Luego salí de ahí. La playa no estaba lejos. Pero sólo podía llegar a ella en auto. No sé si la radiación me hará algún daño. O la comida. El abuelo estará bien. De seguro está enojado conmigo. Pero no podía quedarme en ese lugar. Si enfermo, regresaré. Y no importa cuantos años pasen. De seguro los encontraré así como los dejé.

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